lunes, 27 de agosto de 2012

Imagínate que nos volvemos muy locos





Una vuelta de tuerca a la fantasía de una amiga.


Elisa se rebullía inquieta en el sofá de tres plazas, que con su imponente presencia de cuero tierra tostada y guarniciones de latón bruñido, llenaba el salón.

Trataba de leer, aunque no paraba de perder el hilo y llevaba más de un cuarto de hora paseando la vista por la misma hoja. Lo cerró; no estaba leyendo, proclamar lo contrario, solo sería engañarse a sí misma…

-Hay que ver lo que tarda Carlos –no pudo refrenarse de decir en voz alta.

Y pensar, que toda esta historia se había iniciado por un comentario suyo, por un “imagínate que nos volvemos muy locos… que estamos bebidos y muy calientes…” mecida en los brazos de Carlos, a la luz del claro de Luna que se filtraba por la ventana abierta, en la típica tregua de una noche de sexo… –
ese era el pensamiento que le daba vueltas en la cabeza, mientras apuraba la copa de vino que no había podido evitar servirse para tratar de lidiar con los nervios.

Justo entonces oyó llegar el ascensor. Se puso en pie como impulsada por un muelle, recompuso el hermoso vestido que estrenaba ese día y se dirigió hacia la entrada, donde con un rápido vistazo al espejito que colgaba sobre el gancho para llaves, comprobó que su sobrio maquillaje seguía en su sitio; sombra de ojos muy pronunciada y rojo rubí en los labios, como a él le gustaba.

-Hola, qué guapa estás –Carlos la besó en los labios al entrar –Elisa, éste es Manu –el aludido saludó con una inclinación de cabeza y se adelantó para darle dos besos, acompañados de un “Encantado”.

El chico es muy calladito –pensó –desde luego había buscado a alguien muy diferente a él. Delgado, fibrado, pelo corto; el chico sonreía de una forma indefinible, entre la amabilidad y la timidez. Estaba bien, pero no concordaba con lo que ella, aún inconscientemente, consideraría su “tipo”.


En el salón, el tal Manu se reveló sin embargo como alguien muy agradable, y conforme fue bajando el vino y dejó de parecer algo cohibido, mostró ser un buen conversador, que con voz suave y pausada les habló un poco de él y de cómo Carlos le había contactado.

Elisa supo después que le había seleccionado entre algo más de una docena de candidatos. Desde que él había tomado el control de su fantasía, un par de meses atrás, a ella solo le quedó esperar y sentir esas punzaditas de nerviosismo y ese calor y ese humedecerse, cada vez que pensaba en ello. “No sabrás nada hasta el día de antes. Cuando te levantes esa mañana, encontrarás un sobre cerrado con las instrucciones que te habré dejado antes de irme. A mí tampoco me verás hasta el día siguiente a la hora indicada. Dime si te queda todo claro, porque a partir de éste momento ya no tendrás derecho a hacerme preguntas a éste respecto”. Un escalofrío de excitación recorrió de alto a bajo su espina dorsal, como siempre que se sabía en sus manos.

La segunda botella de vino de Rueda ya iba languideciendo sin que la conversación decayese, cuando Carlos se levantó de su asiento de anfitrión, frente a la mesita baja donde descansaban las copas y fue a sentarse con ellos en el gran sillón de cuero.

-Eli, córrete un sitio para allá –dijo. Ella se desplazó deslizándose sobre su vestido nuevo hasta el asiento del medio, donde quedó encastrada entre los dos hombres, que tomaron una postura que les permitiese comodamente mantener contacto visual, sin verse obligados a girar la cabeza. Así, de forma aparentemente inintencionada, ahora tenía las piernas de ambos en contacto con las suyas.

La conversación continuaba como si tal cosa, aunque a ella le costaba concentrarse en otra cosa que no fuese el calor que le transmitían por ambos lados.


Y desde luego, se le hizo aún más difícil, cuando la mano del invitado comenzó a acariciarle la pierna.

-¿Te gustaría besarla? -los dedos de su chico se ensortijaron entonces en sus rizos morenos. No podía evitar mojarse siempre que él le acariciaba la nuca así.

El chico sonrió y asintió levemente –Hubiese podido decirse que estaba azorado, si no fuera porque sin el menor titubeo se inclinó entonces sobre ella y unió sus labios con los suyos.

Le encantó ese beso suave casi tierno; cerró los ojos y fue a por más. Los ojos de Carlos ardían; aunque de momento inactivo, su presencia dominaba la escena. Labios y más labios, a los que se unió la lengua. Con labios y lengua de por medio, era imposible que no se fueran las manos detrás.

Al reparto de besos y caricias, enseguida se unió otra boca y otras manos. La lengua de Carlos vino a enroscarse en la de ellos. Elisa sintió pronto el mareo de aquel torbellino de cuerpos inflamados por el morbo y el deseo; acarició una nuca, la otra mano se retuvo palpando un bulto que escondía una feroz erección. Sin abrir los ojos ya era incapaz de orientarse y saber de quién era qué.

Pero sí que reconoció al instante las manos fuertes de Carlos liberando sus pechos del vestido nuevo… 

* * * * *

Al despertar en la mañana del día anterior, nada podría haberle hecho presagiar semejante desarrollo de los acontecimientos. Procedió como de costumbre y solo cuando fue a servirse el primer café mañanero, la ausencia de Carlos tan de buena mañana, le hizo volver a la habitación y reparar en el sobre cerrado que había en su mesita de noche.

La verdad que desde que le había comunicado su fantasía, había pasado suficiente tiempo como para pensar que a Carlos se le había olvidado. Ahora le turbaba la idea de que su fe en él hubiese podido flaquear de semejante forma.

El sobre contenía trescientos euros en billetes de cincuenta y una sencilla nota:
“Hola pequeña,

Ha llegado el momento de que pruebes el fruto de tu paciente espera.  
El dinero que hallarás junto a esta nota es para que te compres un vestido nuevo. Oscuro; negro a ser posible. Sencillo y vaporoso.
No albergo preferencia sobre el calzado; las sandalias de cuero que compraste en Marruecos pueden ir muy bien.
En cambio, sí que quiero que vayas a la corsetería a comprar ciertas piezas de lencería nuevas. En concreto, un corsé negro con estampaciones y adornos en rojo, que deje los senos al aire y una culotte negra con una discreta abertura, que permita que se pueda tener acceso a tu sexo sin necesidad de bajarla.  
Pon a enfriar vino blanco. Si no hubiese en casa tres botellas idénticas, cómpralas.  
Dejo a tú elección el perfume que deberás ponerte, en los puntos  donde te enseñé.  
Maquíllate como a mí tanto me gusta…  
Hasta mañana por la tarde, preciosa

Fdo: Carlos

El mensaje la dejó tan caliente, que después de desayunar se masturbó en la ducha. Antes de acabar el día ya había cumplido las instrucciones que él le había dejado; nada más sencillo. Carlos iba a estar muy complacido… y eso a ella la complacía hasta tal punto, que no sería sencillo aclarar quién complacía a quién en realidad.

* * * * *

En el sillón, de los besos y las caricias, se había pasado a palabras mayores; Carlos había ayudado al invitado a desnudarse y después de hacerlo él mismo, empujo la mesita baja para poder arrodillarse cómodamente en la alfombra frente a Elisa.

Cuando Carlos dejaba que su cabeza se perdiera entre sus muslos, toda ella se iba detrás con los ojos cerrados. Es como si hubiese nacido con una intuición particular para lidiar con su clítoris. Él era el único que había logrado que se corriera solo con sexo oral... y por supuesto que no iba a ser esa la noche que fallase. Después de correrse, buscó con la vista la polla de Manu, para mamarla mientras Carlos andaba detrás de darle el segundo orgasmo, y cuál no sería su sorpresa cuando descubrió que también se había echado en la alfombra, pero en su caso para comerle la polla a su chico…

-Mmmm…¡Qué morbazo!... –gimió corriéndose de nuevo, mientras aplastaba con manos y muslos la cabeza de Carlos contra su coño.

Cuando al fin le liberó, Carlos se puso en pie con el rostro congestionado para darle un beso y Manu tras él para darle un beso a ambos.

-¿Nos vamos a la cama?... Y no a dormir, precisamente –y rieron todos.


Elisa estaba sentada sobre la almohada observando la escena que se desarrollaba a los pies de la cama. Su chico estaba de rodillas en uno de los lados del colchón, mientras el invitado, tumbado, se la estaba chupando. Era bueno; a Carlos le estaba gustando. Ella había aprendido a amar la expresión de su cara en momentos como éste… aunque no es que eso le supusiera mucho esfuerzo, la verdad.

Le costaba creer lo cachonda que se sentía; estaba chorreando y ávida de polla. Carlos lo entendió de un simple vistazo.

-¿Quieres follarte a mí zorrita, Manu? –el joven dejó de mamar para asentir con un simple “Ajá” y volvió a meterse la verga de Carlos en la boca –Pero eso tiene un precio, putito, no te creas que te voy a prestar a mi zorrita a cambio de nada –dijo dando un palmetazo en una de las nalgas del chico, que sonrió, incorporándose.

Y enseguida se montó el Belén; Manu quedó atrapado entre dos fuegos, entre dos calenturas. Pues si bien, a Elisa la tenía delante, tenía a Carlos por detrás, bombeando con una fiereza, que hasta su chica estaba impresionada.

Sus ojos ardían, podía verlos asomar tras uno de los hombros de Manu, parecían decirle “¿Me sientes, preciosa?” –Elisa sentía como la quemaban –“¿Sientes mi polla? Soy yo el que te está follando y no este putito”.

En el fondo era así, el chico no se movía; con los ojos cerrados parecía encontrarse en un éxtasis de doloroso placer ante las embestidas de Carlos.

-Me voy correr –alcanzó a decir al fin. Elisa buscó la mirada de su chico que pareció decirle “Sí, vamos a dejar que éste putito te insemine, como premio por el placer que me está dando”. Entonces llegaron los gemidos y los estertores y la cara de orgasmo, con la polla de Carlos profundamente hincada en el culo del chico.

-Ahora me toca a mí –y sin esperar a que se recuperase comenzó literalmente a masacrarlo. Elisa no sentía que se la estuviese follando a ella a través del tal Manu, sino que era como si la polla que sentía dentro fuese la suya. Cuando se retiró tras correrse, del chico manó un poco de semen algo sanguinolento. Carlos le dio un beso en los labios agarrándole por el pelo y murmuró un “gracias”, con una sonrisa. Le dejó descansar mientras centraba toda su atención, sus mimos y sus besos en el coñito de su chica, que le esperaba bien húmedo y abierto…


Cuando le formuló su fantasía aquella dichosa noche, algunos meses atrás, ni en sueños pensó que fuese a realizarse alguna vez… esta iba a ser una noche muy larga…


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